Cacería Nocturna

¡Esto debe ser una pesadilla! Hace un momento estaba cerca de la estación Nagatinskaya por la madrugada y ahora, ante mis ojos un laberinto de ladrillos rojos, iluminación sombría y un silencio atroz. Inesperadamente, vi aquellos ojos rojos acompañados por un sonido mecánico distorsionado y un olor acre, a muerte. Esa cosa me observó cobijada por la oscuridad de un corredor, era alta. Deseé huir, sin embargo, mis piernas estaban inmóviles, entonces, a lo lejos, vi lo que parecía ser el hocico de ese adefesio. El asco me invadió, emanaba un hedor espantoso.
Percibí por el rabillo del ojo que había un corredor vacío. Corrí por el pasillo tan rápido como pude al escuchar aquel monstruo detrás de mí… Solo oía su siniestro galopar. Mis piernas ya no aguantaban más. Esa cosa continuaba su persecución. No me di cuenta y choqué contra un hombre alto con gabardina, un conjunto negro y una máscara con pico de cuervo, parecida al de los doctores de la plaga. Esa persona bajó la mirada. Los lentes rojos me recordaron a los ojos de aquella bestia, estuve a punto de gritar hasta que vi a una mujer de cabello rubio y rizado, ojos azules y una gargantilla con una piedra cerúlea. La expresión de ella parecía afable y compasiva. De inmediato, la chica me jaló hacia donde ella estaba y me cubrió detrás del hombre.
***************************************
Moscú, Federación Rusa. Martes 25 de febrero del 2046, 4:50 p.m. GMT+3
―Me alegra que haya venido –dije al Doctor Bloch.
Bloch entró a mi departamento, nos dirigimos a la habitación, en su interior, el sistema de enfriamiento es innecesario, el frío de las calles de Moscú y los arreglos para no dejar pasar la humedad del aire, mantienen frescas las granjas de criptomonedas. Bloch encontró una silla y se sentó tan cerca como lo permitía un microdepartamento modificado para tener un escritorio, una supercomputadora personal Qing Tech con Inteligencia Artificial (IA), además de un equipo portátil de resucitación cardiopulmonar, una mesa quirúrgica y un encefalograma que compré hace poco.
Él me dio un flashdrive y una caja de clozapina. Tomé la unidad de almacenamiento portátil y la puse sobre el escritorio, mientras colocaba las cajas de medicamento en la gaveta de en medio.
Providence, la IA leyó los datos del pendrive para detectar cualquier virus, ransomware o algún troyano. La unidad estaba limpia y encontré el archivo que Bloch vino a entregarme: el pago en fracciones de BTC, una criptomoneda que ahora cuesta una fortuna.
Para celebrar, saqué dos cigarrillos Katyusha, ofrecí uno a Bloch, quien lo rechazó amablemente. Devolví el cigarro a su paquete y éste al cajón debajo de donde coloqué las cajas; lo cerré y encendí el mío.
―Me sorprenden las investigaciones que llevas a cabo, desde física hasta biología y nanotecnología ―dijo Bloch después de ver los monitores empotrados en la pared donde desfilaban datos, ecuaciones y códigos, tan rápido como si estuvieran en un desquiciado maratón.
―Las hizo Providence ―respondí con falsa humildad―, aunque me gustaría que dejáramos que las IA investiguen y desarrollen tecnología, lo harían más rápido que nosotros.
―¿Acaso eres pariente del dr. Frankenstein? ―cuestionó Bloch con humor.
―¡Ya quisiera!, pero fuera de broma, si desarrollamos una Inteligencia Artificial General (IAG) ya estaríamos más allá de nuestro sistema solar, por ejemplo ―comenté emocionada.
―De por sí ya hemos desarrollado IA que nos ha ayudado demasiado, aunque prefiero que la humanidad no se extinga por una tecnología que pudiera estar fuera de nuestro control. Cambiando de tema, ¿Qué proyecto me dijiste que me ibas a mostrar? ―cuestionó Bloch mientras levantaba una ceja, no estaba totalmente convencido.
―He estudiado una sustancia que encontré con Cheng Syaoran cuando fui a la Meseta de Leng o así lo llamaron los locales, probablemente en Asia Central, creo que está entre la República Popular China y Bután, no lo sé, el GPS no funcionaba bien en esa ocasión; tomé suficientes plantas de las que los locales llamaron “Loto Negro” e hice 15 tabletas, envié tres pastillas a las universidades de Berlín, San Petersburgo, Beijing y Tokio para que las analizaran. También programé a Providence para que hiciera esos análisis. Todos los ensayos muestran estructuras inusuales en una planta ―envié un reporte a su celular.
―Extraordinario. ¿Cuántas pastillas te quedan? ―inquirió Bloch incrédulo, después de leerlos por unos minutos.
―Dos. Una de las tabletas la usé para ver los efectos de esa sustancia en mí. Por otro lado, intenté ir nuevamente a la Meseta de Leng para buscar más muestras, pero es como si se hubiera esfumado.
―Es curioso ¿Qué más hiciste? ―cuestionó Bloch.
Hice una pausa para pensar lo que iba a decir, ya que los resultados de las pruebas que realizó Providence eran abundantes y difíciles de entender. Busqué mis notas en mi celular, no quería quedar mal a Bloch. Encontré el archivo y leí las partes más importantes.
―Programé a Providence para que me realizara un electroencefalograma y un electrocardiograma mientras dormía; el lapso que duró la ensoñación durante las etapas sueño profundo y REM me pareció una vida. Además, le di instrucciones de que me despertara si ocurría algo, por ejemplo, arritmias o convulsiones –informé, después le envié el reporte y la gráfica a su celular. El Señor Bloch los leyó.
―Se ven normales hasta donde muestra Providence… en serio, ¿para qué me necesitas? –comentó Bloch, lo observé quitándose el armazón de sus lentes con un ligero gesto de impaciencia, después de revisar los reportes.
―Tomaré la última pastilla y necesito que me despiertes en caso de que veas que convulsiono o entro en paro cardio-respiratorio. Dejé los medicamentos y paletas de resucitación por si acaso.
―¿Por qué tantas precauciones? ―Observé que Bloch estaba intrigado.
―Hay una parte donde Providence me despertó en el tercer ciclo del sueño profundo.
―Funcionó como esperabas, no veo el problema ―observó Bloch, inquisitivo.
―Lo único que tienes que hacer es lo que te dije, Providence registra mis signos vitales y todo lo que ocurra en esta habitación.
―¿Algo más aparte de las convulsiones? ―preguntó Bloch.
―En el peor de los casos, taquicardia, apnea del sueño, actividad cerebral errática y crisis epilépticas. En esta ocasión, programé a Providence para que siga con la prueba ―informé.
―Es muy arriesgado ―consideró Bloch mientras me veía con expresión inquisitoria y las cejas levantadas.
―No te pido que seas mi conejillo de indias, ¿cierto? ―bromeé con Bloch.
―Cierto ―respondió Bloch lacónico y desconfiado. No lo culpo.
Apagué el cigarrillo, después fui por una botella con agua, tomé la pastilla de Loto Negro con un sorbo. Acto seguido me recosté sobre la mesa quirúrgica y Bloch aseguró las correas para inmovilizar las muñecas y los tobillos, acto seguido, me colocó los electrodos que no necesitan gel para el electrocardiograma.
―Sophie, si este experimento termina, quiero que lo dejes. He notado que a veces estás confundida y tienes dificultad para concentrarte ―sentenció Bloch consternado.
No causa adicción, pero Bloch tiene razón, las ensoñaciones eran tan vívidas que, al despertarme, tenía la sensación de que estaba viendo una película, como si no fuera yo. Tomo las tabletas de clozapina para tratar alucinaciones que provoca el “Loto Negro”.
Enfoqué mi mirada en un punto del techo y reduje el ritmo de mi respiración, hasta que escuché el siseo de las aspas de mi computadora personal, sentí el lento latido de mi corazón y el tic-tac del reloj de pulsera del Dr. Bloch. Después, el silencio absoluto, seguido por la sensación de ser jalada hacia una luz azul oscura, en la que poco a poco apareció un resplandor blanco que abarcaba toda mi vista y luego, se transformó en un punto radiante en medio de las tinieblas.
A pesar de que me sentía pesada, avancé con la mirada hacia la luz y, cuando estaba cerca, sentí cómo me absorbía. Observé un fondo granulado, después una multitud y en el centro del escenario, un político de Estados Unidos de América con el cabello canoso, rostro sosegado, aunque enérgico; acompañado de una mujer afroamericana, sus discursos robaban aplausos y ovaciones.
Inesperadamente sonó el celular, lo saqué y vi que era 20 de enero de 2017. Leí noticias del nuevo presidente electo, Bernie Sanders y la vicepresidenta Nina Turner. Mi vista se perdió en el brillo de la pantalla, que se hizo más intenso, entonces escuché detonaciones de armas de fuego y lo que me pareció, era artillería. Yo tenía un fusil de francotirador, por otro lado, escuché la voz en ruso de una mujer quien me advertía que me cubriera, pude ver una insignia con el martillo y la hoz amarillas sobre el fondo rojo, colgaba a la altura del corazón, me cubrí… otra vez silencio y esa luz blanquecina al centro.
Después vi pasar incontables vidas de infantes, mujeres y hombres desde los otrora Imperios Británicos, Romano y Egipcio, posteriormente desfilaron los primeros humanos, primates, mastodontes, enormes aves, que dieron paso a grandes reptiles carnívoros y herbívoros, luego reptiles no mayores que la cabeza de un lápiz, los cuales, cambiaron su forma a insectos y alimañas gigantes, aguardando con sus quitinosas patas y mandíbulas en las entrañas de la selva primitiva, tan amplia como el océano, donde vi criaturas de la arcaica Tierra, para en última instancia, ver el brillo de las primeras estrellas del universo desvanecerse hacia el vacío.
Finalmente sentí frío y angustia. Nunca había llegado a este lugar. Estaba paralizada y no pude ver qué había frente a mí, sin embargo, percibí un hedor repugnante, rancio y acre; después escuché gruñidos viscerales, distorsionados y metálicos alrededor de mí, en todos lados; sólo pude ver varios pares de ojos carmesíes acercándose.
Traté de escapar de cualquier forma, intenté correr y mover mis brazos, fue inútil. Contemplé con terror que estaban más cerca, al mismo tiempo que escuché el chasquido de sus dientes aserrados y sus colmillos, quise huir no importaba lo infructuoso que fuera.
Lo último que recuerdo fue que observé a Bloch hacer presión constante y rítmica sobre mi tórax; en cuanto abrí los ojos se detuvo. Era raro verlo tan compungido, aunque intentaba mantener la compostura. Alfred Bloch suspiró de alivio tan pronto vio que tosí y comencé a respirar. Desató las correas de las muñecas y los tobillos.
Cuando recuperé la conciencia, ordené a Providence que me diera un resumen de lo ocurrido antes de despertar. Me sentí mareada y desorientada.
A las 5:31 p.m., del martes 25 de febrero de 2046, Sophie Thompson tuvo una presión arterial de 170/105 al mismo tiempo, una crisis epiléptica con duración de dos minutos, el Dr. Alfred Bloch procedió a despejar las vías respiratorias y retirar objetos cercanos que pudieran dañarla, mientras tanto, ella experimentó un paro cardio-respiratorio, estuvo sin pulso por dos minutos y treinta segundos, lapso durante el cual, el Dr. Bloch intentó reanudar la respiración, al tiempo que vigilaba la respuesta a estímulos externos y pulso de Sophie; después procedió con compresiones torácicas y ventilaciones hasta que Sophie Thompson recuperó la conciencia –informó Providence.
―¡Quiero que lo dejes inmediatamente!
Bloch abandonó el departamento azotando la puerta. Quizá fue con rumbo a la estación de tren con destino a la Universidad de Berlín. Dejé el “Loto Negro”, no quería regresar a lo que quiera que fuera eso. Ni porque tuviera una más, volvería a usarla.
Pasaron dos días después de que vi a Bloch desde el experimento y todavía recuerdo ese nauseabundo olor; peor aún, durante dos noches desperté oliendo ese hedor y ni siquiera colocando perfume cerca de la nariz podía conciliar el sueño.
Salí a caminar, estaba sola y creí escuchar un susurro que al principio era incapaz de ubicar de dónde venía; giré a mi derecha y había dos personas, pero estaban lejos de mí. ¡Rayos!, olvidé la botella con agua, aunque tenía las pastillas. Por un momento me sentí desorientada y adormecida. Entré a una tienda de conveniencia que estaba cerca. Tomé una botella con agua, fui con la cajera y di un manotazo y dejé no sé cuántos rublos, no vi si eran monedas o billetes. Creo que la señorita saltó y me miró disimulando aprehensión. Me dio el cambio y lo tomé con lentitud; temblé un poco al abrir la botella y tomé una pastilla de Clozapina. Ahora faltaba que hiciera efecto.
Salí y vi algo humanoide de color negro, estaba más cerca que antes, había alguien más que no podía distinguir, escuché que hablaba de forma ininteligible. Cuando se acercaron, observé nuevamente a esa figura sombría, parecía una gabardina negra que tocaba el piso, esos rubicundos ojos se fijaron en mí, temblé más que la vez que vi esa oscuridad y recordé aquellos gruñidos en la penumbra. Escuché algo que no lograba entender.
Lo último que recuerdo, fue que corrí despavorida hacia dentro de la estación Nagatinskaya.
***************************************
Universidad Miskatónica, Dunwich, MS. Jueves 27 de febrero del 2046, 4:00 p.m. GMT-4
Dos Lobseter Roll al estilo Connecticut y unos emparedados de langosta caliente con mantequilla derretida, son la cena ideal para Armitage y yo, decidí prepararlos y llevarlos, mientras tanto revisaremos unos reportes. Residimos en uno de los Campus la Universidad Miskatónica, en las afueras de Dunwich, así que es muy difícil que nos traigan algo para comer desde la ciudad, además, es de noche, aunque quisiera trabajar un poco más cerca de la urbe, no me quejo, hay una biblioteca con varios grimorios, el Libro de Eibon y el Necronomicón son algunos de los que tenemos.
Llamé a la puerta, escuché que sonó el celular de Armitage.
―Adelante ―dijo Armitage. Dejé la bandeja sobre el cajón, abrí y después la llevé adentro, la coloqué sobre el escritorio, al mismo tiempo él contestó su celular.
―Doctor Bloch, ¿en qué puedo ayudarte?… Entendido, te ayudaré a buscar a Sophie, ¿Pasó algo?… Iré de inmediato con mi asociada… Claro, nos vemos en la estación Ulitsa Skobelevskaya ―Armitage colgó y me ayudó a poner la bandeja en la mesa.
Su oficina estaba pulcra como siempre, cuatro plumas de tinta negra con la punta mirando hacia él, cuadros de él cuando fue a Tesalónica, Moscú, Kabul y West Point firmados con “Memento Mori” en una esquina, una computadora personal, dos sillas al otro lado de donde se sienta y un adorno con el emblema de la Universidad Miskatónica. Lo que me molesta es el olor a pólvora que tiene después de que va a la galería de tiro.
―Ahora mismo compro los boletos de avión para Moscú.
―No será necesario; iremos tú y yo en un avión privado con destino al aeropuerto Domodedovo. Antes, haré una llamada. Sería un problema si tuviéramos un altercado en Rusia, además de que sería útil tener información adicional. Y lo más importante, no podemos ir solo por un capricho mío; tiene que ser oficial.
Cierto, con esa máscara llamaría la atención, aunque a él no le importa mucho que lo miren con o sin la máscara. Apenas acercó la mano a su celular, sonó con un timbre de una canción de “Santana”, me recordó a aquella vez que interpreté con unas amigas uno de sus temas en un bar, cuando estudiábamos en la universidad… pero mejor no divago más.
―Laryssa, buenas noches, justo iba a llamarte… tan eficiente como siempre, Laryssa… Nos vemos en el aeropuerto de Domodedovo; vuelo privado, dos personas ―Armitage colgó y se quedó pensando por un momento.
―Disculpa la intromisión, ¿quiénes son el Señor Bloch y Laryssa?, digo, tu reporte está pintado todo de negro y no hablas mucho de cuando ibas en el ejército ―Armitage volteó la cabeza hacia mí y guardé silencio.
―Viejos amigos de cuando yo servía como Ranger en el Ejército de los Estados Unidos de América ―respondió nostálgico.
Comí uno de los emparedados del Lobster Roll, bebí un sorbo de café negro, no sin antes añadirle dos cucharadas de azúcar. El café estaba demasiado caliente, así que aproximé la mano sobre la taza y moví la palma por encima del cuenco de porcelana blanca, luego lo toqué hasta sentir que ya estaba tibio; entonces Armitage se quitó la máscara, comió el sándwich y bebió café sin azúcar, se percató de que enfríe el mío con ayuda de la magia, de modo que me dio una cuchara metálica, la sostuve y le sonreí. Acto seguido, él se volvió hacia la pared frente a nosotros y la observó meditabundo.
―Antes de ir, visitaremos al Doctor Herbert West ―dijo Armitage.
Se limpió la boca y se puso la máscara antes de salir. Las primeras veces que lo vi sin la careta me dio miedo, aunque luego de un tiempo de convivencia, ahora me parece simpático algunas veces, como aquella ocasión en el bosque, en la que me enseñó cómo manipular el fuego para encender una fogata y no pude; sin embargo, él me ayudó y después se fue a su propia tienda de campaña.
―Me pregunto en qué estaría trabajando ahora ―Pensé en voz alta.
―Mientras no sea un suero para reanimar muertos, todo está bien.
Me reí con nerviosismo después de lo que dijo Armitage. Nos levantamos de nuestros lugares y salimos de la oficina. Llevé el vaso y la envoltura a un bote de basura que estaba cerca. Armitage limpió la mesa antes de salir y tiró la basura. Caminamos por los pasillos iluminados, pintados de color naranja y verde.
Después llegamos a una puerta que tenía una placa con el nombre: “Dr. Herbert West”. Armitage tocó tres veces, “¡Ya voy!”, se escuchó al otro lado de la puerta; el Doctor West abrió un poco después. El cuarto donde estaba tenía una iluminación que combinaba penumbras con el color del jade.
―Buenas noches ¿Necesitan algo? ―cuestionó el dr. West apresurado.
―Una caja con pastillas de fenobarbital, por favor. También necesitaré que tengas lista la mesa de operaciones ―dijo Armitage.
―¡Seguro! Nathan y Carline me pidieron lo mismo. Voy a aprovechar ―respondió el Doctor West. Después cerró la puerta del laboratorio.
―Armitage, ¿acerca de qué es el favor de tu amigo, el Señor Bloch?
―Encontrar a una amiga de él. Dijo que ella usó flores de Loto Negro.
―Lo menos que podría pasar es que tuviera alucinaciones. Aunque tengo curiosidad, ¿para qué las pastillas de fenobarbital? ―cuestioné.
―Por el momento no lo tengo claro. También hizo algo que él llamó “hipnosis”. Sophie dijo haber visto ensoñaciones extrañas; al doctor Bloch le parecieron delirios ―añadió Armitage.
―Más bien suenan como regresiones temporales ―dije preocupada.
―Eso mismo pensé ―sentenció Armitage.
―Aquí está lo que me pediste ―dijo el Doctor West, quien le dio una caja con pastillas de fenobarbital a Armitage.
―Gracias, Dr. West. Nos iremos de inmediato a Moscú para conducir una investigación. Charlotte, nos vemos en el hangar. Además, espero que no sea necesario que tengas que manipular alguna memoria –dijo Armitage. “Tampoco quiero hacerlo; a veces olvido, me confundo o recuerdo cosas ajenas a mí como resultado de manipular recuerdos”.
Fui a mi cuarto, saqué una maleta pequeña, metí en esta una blusa de manga larga, pantalones, saco y pijama, además me llevé ropa térmica debajo de mi atuendo, me puse una chamarra, una pistolera donde guardé una pistola Smith & Wesson M&P; también llevé cartuchos con balas normales y de las que fabrica la Universidad Miskatónica, que contienen… magia. Después cargué la maleta y fui trotando al hangar. Armitage ya estaba ahí con una maleta mediana. La abrió nuevamente, supongo que para repasar lo que tenía. Alcancé a ver unos pocos cartuchos de munición incluyendo los que se fabrican donde trabajamos, además de cajas de piel artificial y un botiquín de primeros auxilios. Los revólveres los tenía en las pistoleras que Armitage se coloca a la altura del pecho, ocultas por la gabardina.
Él me esperó afuera del avión al pie de las escaleras. Para ese momento yo estaba a pocos pasos de la aeronave. Subimos, él me dejó pasar primero. Por último, buscamos nuestros lugares y nos abrochamos los cinturones.
―¿Tienes listo un cristal para formar una Distorsión Espaciotemporal (D.E.)?
―Sí, ¿por qué habría de olvidarla? ―respondí sacando una gema de mi chamarra.
Pensé en las pistolas que usamos y recordé las armas de “Judge Dredd”, un cómic que le gustaba a mi padre; muchos de los revólveres utilizados en la Universidad Miskatónica contienen un mineral que nos permite cambiar el tipo de balas, de acuerdo a lo que necesitemos.
―Es bueno saber que estás preparada, es todo ―me dijo Armitage.
Estaba leyendo uno de los tantos artículos que tengo pendientes de Psicología. Por curiosidad volteé a ver a Armitage. Lo vi observando algo detenidamente en el celular, lo contemplé fijamente… más o menos y carraspeé, esperaba llamar su atención. Él siguió con la mirada en lo que sea que estaba viendo.
―Armitage, ¿acerca de qué es la misión?, una es para rescatar a Sophie, ¿la otra?, no se me escapa que hayas mencionado a una tal Laryssa ―Armitage se detuvo y me volteó a ver, pensativo, aunque se mostraba como una piedra, como la mayor parte del tiempo.
―Sophie hizo experimentos con el Loto Negro en ella misma y, según me explicó Bloch, lo envió a cuatro universidades. Una de ellas fue la Universidad Estatal de San Petersburgo.
―Y el gobierno ruso está interesado en la investigación ―dije.
―Correcto, colaboramos con ellos para que investiguen al “Loto Negro”.
―¿Se lo dirás a Bloch?
―Según mi archivo, fuimos amigos en Kabul, Afganistán. Debo decírselo si hay oportunidad.
―Es bueno saberlo, grandulón. ¡Qué descanses!
―Leeré más el reporte, no tengo el lujo de dormir.
Se quedó inmóvil, pareciera que descansaba, pero no era así. Intenté dormir lo más que pude antes de llegar a Moscú, aunque escuché que las puertas del hangar se abrieron, me sobresalté, pero después el sonido monótono me acurrucó.
Soñé que ingresé a un lugar sombrío y frío, estaba atemorizada, el ambiente resultaba inquietante. Portaba una túnica y un rebozo azules, además de un dije de plata con el símbolo de Tetragramatón. Me encontraba en las catacumbas de la ciudad de Arkham. La cámara era espaciosa, las velas irradiaban un color sobrenatural garzo, había una congregación reducida. Un hombre con túnica negra y máscara blanca, la cual terminaba en un pico de cuervo, me observaba desde la puerta de madera. Me hinqué en medio del Pentáculo de Salomón, cuyas puntas confluían en velas gruesas de color negro y púrpura; asimismo, rodeando al Pentáculo, el círculo interno tenía otros más concéntricos con runas y en el círculo externo, varias circunferencias concéntricas de escritura goética. El hombre con máscara de cuervo caminó y se hincó a mi lado.
―¿Estás lista, Charlotte? ―dijo Armitage, era el hombre de la inusual máscara.
―No creo poder echarme para atrás, ¿O sí, Armitage? ―bromeé, intentaba calmar mi ansiedad.
―Estaré a tu lado, de ser necesario ―me reconfortó.
―Gracias, grandulón.
Todos guardaron un silencio sepulcral. Juntamos nuestras manos, y comenzamos a orar. Escuché el hipnótico eco de las invocaciones que inundaban la cámara. Mis párpados se tornaron pesados gradualmente hasta cerrarse. Luego, escuché relámpagos. Abrí los ojos y observé una ciudad cercana al mar, nadie estaba conmigo más que incontables e impasibles estrellas.
Caminé por las calles vacías y vi un faro que, a diferencia de los edificios de la ciudad decrépita, emitía luz. Me dirigí a donde estaba el resplandor, andando por un sendero de terracería. Me detuve frente a una puerta de caoba adornada con hierro, la empujé y entré. Observé la iluminación de velas tenues, atisbé corredores a mi derecha e izquierda, además de escaleras frente a mí, entonces hubo silencio.
Subí las escaleras y exploré el siguiente piso. Avancé por el pasillo hasta llegar a un estudio con un espacio amplio, observé múltiples libreros, un escritorio y un piano, para mi sorpresa. Me aproximé al piano y acerqué los dedos a las teclas de marfil.
―Estaba esperándote, Charlie. Toma asiento ―declaró un hombre con cabello negro sentado detrás del escritorio.
Aprehensiva observé a dos doberman a los lados del escritorio. La habitación se iluminó, me di la vuelta y tomé asiento frente al caballero.
―Es un gusto conocerlo, Nyarlathotep.
―Puedes llamarme Joseph Curwen… al menos con esta apariencia ―bromeó Nyarlathotep con una sonrisa jovial y afable, probablemente engañosa. Vi mis palmas y me sentí decepcionada por no traerle una ofrenda.
―Siento no tener a la mano un tributo ―expresé con pesar y resignación.
―No te preocupes, Charlie, yo no les pido eso ―respondió Nyarlathotep con una sonrisa amplia. Suspiré con alivio―, sin embargo… dime, Charlotte, ¿Por qué quieres hacer un contrato?, después de todo, nada garantiza que no enloquezcas o mueras en el intento.
―Quiero salvar vidas ―dije nerviosa.
Nyarlathotep se encorvó, cubrió su boca como si ocultara algo y fijó su mirada en mí. Luego se levantó y rodeó el escritorio de madera de sándalo; el brillo de su piel cambió a un tono obsidiano, con apariencia metálica y a la vez flexible. Observé como de su cabeza crecía un tocado dorado de la realeza egipcia, sin embargo, carecía de un rostro; asimismo, noté cómo la estatura de Nyarlathotep se hacía más y más alta. Temblé de miedo.
―Charlotte, mi querida, mentirosa y egoísta Charlotte ―juzgó hablando con mi voz, la cual retumbó en mi mente como un eco sepulcral. Me arrodillé de dolor en el suelo, grité de pavor―, ¿acaso eres tan arrogante para creerte una heroína y “salvar vidas”?, ya no quieres perder a más personas cercanas a ti, ¿Verdad, Charlotte Diana Ward? ―Cerré los ojos y me hinqué. Nyarlathotep tocó mi frente, sentí que invadió cada uno de mis recuerdos. El estudio se llenó del eco de su tétrica risa. Sollocé, y cuando abrí los ojos, contemplé un sombrío reflejo de mí misma, los rizos ocres y apagados; la piel enfermiza y pálida; los ojos con un siniestro brillo carmesí, vestida con una túnica negra; asimismo, observé dientes aserrados y garras en aquella ominosa réplica.
Mi respiración se volvió intranquila al ver la faz de aquella macabra versión de mí misma; eludí la mirada sarcástica e hiriente de Nyarlathotep quien se puso de pie, me miró con disgusto al sorprenderme hincada y llorando. Sin embargo, me puse de pie aún trémula por la socarronería y el asalto de Nyarlathotep a mi mente, ambos intercambiamos miradas, reuní mis pocas fuerzas y lo miré de forma desafiante. Él me sonrió, aplaudiendo con una mezcla de asombro, malicia y escarnio.
―Muy bien, Charlotte. Al tener un contrato conmigo podrás crear familiares, ―acto seguido, en el estudio aparecieron siete perros negros de gran tamaño alrededor de nosotros―, cambiar de forma, invocar tormentas ―Nyarlathotep levantó un brazo y un viento de ráfagas negras hizo añicos tanto el vidrio del estudio, como las paredes y el piso de madera―. Y ser invulnerable a todo, excepto a la magia, por el módico precio de volverte mi avatar si mueres, pierdes la razón o invocas mi nombre tres veces… ¡ïa, Nyarlathotep!, ¡ïa, Nyarlathotep!, ¡ïa, Nyarlathotep!
Asentí, percibí el tacto húmedo y frío de las manos de mi lúgubre reflejo tocando mi frente. Nyarlathotep presionó mi cabeza y sienes. Sentí como las garras de éste se hundían en mi cráneo; escuché incontables voces golpear mi mente, una inundación cósmica de frenesí.
Al recobrar la consciencia nuevamente, en medio de la misma habitación de la catacumba; advertí que mis ojos estaban vendados, recostada de espaldas, ajustada con vendas y sellos de cera. Mis temblorosos dedos sintieron una mano grande, un guante de cuero con un tacto amable y firme.
―Bienvenida de vuelta, Charlotte ―dijo Armitage.
―Es bueno escucharte, maestro ―repliqué con lágrimas de alegría y pesar.
Sentí una sacudida, abrí los ojos y vi a Armitage. Me levanté, estiré los brazos y caminé hacia la puerta del avión privado, el aire glacial anunciaba que llegamos al aeropuerto de Domodedovo. Bajamos y nos recibió una mujer un poco más alta que yo, portaba un traje de vestir color negro con corbata y un ushanka que cubría la cabellera dorada larga, tenía ojos azules y la expresión de su cara era como la de una muñeca.
Laryssa y Armitage hablaron. Lo último que él me dijo, es que íbamos a la estación Ulitsa Skobelevskaya.
***************************************
Estación de tren Ulitsa Skobelevskaya, Moscú. Viernes 28 de febrero del 2046, 4:50 a.m. GMT+3
Regresé de un Congreso de Medicina en Berlín y hace dos días que no veo a Sophie. Apenas llegué a la estación Ulitsa Skobelevskaya, en Moscú. Le pedí a Armitage que viniera para ayudarme con Sophie Thompson, ya que ella dijo no sentirse bien. Él me comentó que invitó a una asociada que podría ayudarme mejor con su condición, o eso entendí.
Pasé por los torniquetes de acceso y vi a una mujer con el cabello rubio hasta los hombros, ligeramente ondulado con ojos de color celeste. Vestía una bufanda color verde con franjas amarillas, pantalón de mezclilla y una chamarra azul marino, tenía una dona en una mano y un celular en la otra. Ella observó en la misma dirección que yo, al igual que un hombre alto con gabardina negra, a continuación, la mujer me vio de forma afable y enérgica; ambos caminaron y se detuvieron frente a mí. A su lado vi a un hombre vestido de negro, excepto por una máscara blanca de los Doctores de la Plaga y unos guantes color café; ese es Armitage.
―Usted debe ser el Señor Bloch, ¡venga con nosotros! ―Me dijo la mujer―, una disculpa, mi nombre es Charlotte D. Ward. Mucho gusto en conocerlo.
―El gusto es mío ―dije. Ella extendió la mano y estrechó la mía. Me extrañó que supiera mi nombre, aunque si trabaja para Armitage, era de esperarse.
―Hace tiempo que no nos vemos, Alfred. Laryssa nos está esperando en el estacionamiento ―dijo Armitage. Me saludó con un apretón de manos fuerte, típico de él.
―¿Laryssa? ¿Quién es ella? –pregunté.
―Una conocida del gobierno ruso ―respondió Armitage.
También lo veía venir, las muestras que Sophie les dio a todas esas universidades, la naturaleza de la investigación y las comunicaciones entre ella y los científicos debieron prender algunas alarmas en todos los servicios de inteligencia, en este caso a los rusos. Armitage llevaba dos maletas, una pequeña y otra de tamaño mediano.
―Si no es indiscreción, ¿qué llevas en las maletas, Armitage? ¿Acaso vienes de vacaciones?
―Algunas cajas con piel artificial y equipo de primeros auxilios, en la otra maleta, ropa. No te preocupes por Sophie ―quizá disimuló una sonrisa bajo esa máscara, conocía a la perfección su sentido del humor desde que estuvimos en Afganistán, pero no había tiempo para bromas.
A pesar de esa voz metálica producida por la máscara, el comentario de Armitage me tranquilizó, aunque me llamó la atención lo primero… no importa. Subimos al estacionamiento y observé una camioneta de color negro. No vi bien al salir de la estación, me aproximé más, era una camioneta GAZ Tiger-2. Los vidrios estaban polarizados, así que no pude ver si había alguien más adentro, afuera nos esperaba una mujer de cabello largo, rubio, lacio y pulcro, ojos azules, portaba traje de vestir color negro con corbata y un ushanka. La noche era fría. Nos acercamos más.
Después Laryssa caminó hacia la puerta del conductor y la abrió; ella entró. Mientras tanto, Armitage colocó en el suelo una de las dos maletas y le abrió la puerta a Charlotte, luego me dejó pasar, cerró la puerta. Acto seguido, escuché los pasos de Armitage quien caminó hacia la parte trasera del vehículo, abrió la puerta de la cajuela, metió la maleta con mucho cuidado y por último, la cerró con firmeza. Escuché que Charlotte y Laryssa se abrocharon el cinturón de seguridad. También lo hice. Armitage abrió la puerta, se sentó en el lugar del copiloto y se abrochó el cinturón. Laryssa encendió el vehículo y salimos del estacionamiento.
―¿Cómo estuvo el viaje, Armitage?, y si no es molestia, ¿Quién es él? ―dijo Laryssa.
―Sin sobresaltos. Él es el Doctor Alfred Bloch. Sophie le mostró parte de su investigación ―respondió Armitage.
―Mucho gusto en conocerlo en persona, Señor Bloch ―dijo Laryssa inspeccionándome de arriba a abajo.
―El gusto es mío, señorita Laryssa.
―¿Seguimos lo que planeamos, Armitage? ―cuestionó Laryssa.
―Depende de dónde esté Sophie ―propuso Armitage, yo no sabía si sentirme aliviado o aprensivo.
Por medio de un comando de voz, Laryssa ordenó a su celular que contactara a alguien. Una vez que contestaron, empezó a hablar en ruso, así que no pude entender mucho. Después colgó.
―En estos momentos Sophie está saliendo de su departamento ―concluyó Laryssa.
―Vayamos lo más pronto posible a su domicilio ―propuso Armitage.
―Me alegro porque Sophie esté bien, pero ¿a qué viene tanta discreción?, sin ánimos de ofender a la señorita Laryssa ―respondí disimulando preocupación.
―No hay problema. Es por las muestras que Sophie envió a la Universidad Estatal de San Petersburgo, además de los mensajes que mandaba a los investigadores ―dijo Laryssa, lo supuse.
―Eso también llamó nuestra atención cuando tú y yo hablamos por el celular, Bloch ―secundó Armitage.
―Sophie me dijo que los resultados no eran concluyentes, ¿y cómo se conocen? ―inquirí―, igual puedo ser de ayuda.
―Cruzamos palabra cuando estábamos en Grecia en el 2030. Los dos estábamos de vacaciones en Tesalónica. Además, la organización para la que él trabaja nos ha ayudado con algunas cosas, ¿cómo dijiste que se llamaba, Armitage? ―cuestionó Laryssa.
―La Universidad Miskatónica. Por otro lado, ¿qué tan alterada viste a Sophie, Bloch?
―Desde la primera pastilla que usó, observé que le costaba trabajo concentrarse, también me dijo que era difícil dormir y que percibía un olor fuerte, aunque el lugar estuviera limpio. La segunda vez que la tomó, tuvo convulsiones y procedí a hacer resucitación cardiopulmonar. No sé qué ha sido de ella en estos dos días.
Laryssa, Charlotte, Armitage y yo hablamos, mientras recorríamos las calles de Moscú. La madrugada envolvía a la metrópoli, la luz de la luna menguante y el alumbrado público se fusionaban para darle vida, en conjunto con los negocios que comenzaban a abrir y otros más que se encuentran en servicio las 24 hrs.
Después llegamos al conjunto habitacional donde reside Sophie. Nos estacionamos y subimos por el ascensor hacia su habitación, el número 208, si mal no recuerdo. Laryssa abrió la puerta, primero intentó con una tarjeta y después con ganzúas; entramos. Armitage revisó y fue a un cuarto, posteriormente dejó las maletas sobre la cama, abrió la mediana y sacó las cajas, el equipo de primeros auxilios y algo de ropa, además abrió lo que parecía ser un fondo falso. Sacó dos cartuchos para la Smith & Wesson M&P y la Glock que tenía debajo de su gabardina.
Me acerqué a Armitage y coloqué la mano en su espalda. Él volteó, y delante de mí quitó el seguro para meter un cartucho, luego lo colocó nuevamente, primero a la Smith & Wesson M&P y después a la Glock; las amartilló y les puso el seguro una a una, por último, las volvió a enfundar en las pistoleras. Se dio vuelta hacia donde estaba y bajó la mirada. Vi un par de lentes ajustados a la máscara nacarada. No sabía qué estaba pensando Armitage en ese momento, era incómodo, miró a la agente.
―Laryssa, ¿dónde puedo encontrar a Sophie?, dejanoslo a Charlotte y a mí ―dijo Armitage.
Laryssa llamó, después habló con tono paciente, pero firme. Por último, colgó.
―Se dirige a la estación Nagatinskaya. Mantendremos un perímetro, en caso de que necesiten ayuda ―dijo Laryssa.
―Gracias, no tardaremos mucho. Espérennos aquí ―mencionó Charlotte.
―No está tan lejos, podemos ir con ustedes en la camioneta ―Propuse y le di una foto de Sophie, si en serio la fueran a buscar. Charlotte la tomó con delicadeza, la miró con detenimiento y se la dio a Armitage.
―¡No se preocupe, señor Bloch, traeremos a Sophie sana y salva!
Me tranquilicé más hablando con ella. Armitage volteó hacia mí y se despidió con un saludo marcial. Después, tomé mis lentes para limpiarlos y me los puse de nuevo. Probablemente mis ojos me estén jugando una broma, pero creo que Armitage y Charlotte salieron del cuarto demasiado rápido, sin hacer ruido. Tampoco escuché que abrieran y cerraran la puerta.
***************************************
Afuera de la Estación Nagatinskaya, Moscú. Viernes 28 de febrero de 2046, 5:00 a.m. GMT+3
Charlotte y Armitage aparecieron en la estación Nagatinskaya, observaron a su alrededor. Salvo por unas pocas personas, la estación estaba vacía. El tren MagLev que salía de la estación apenas hacía ruido, pero su paso acelerado además de su color blanco pulcro y difuminado, hacía visible la figura de Armitage.
―Qué bueno que vinimos de noche, no hay mucha gente ―dijo Charlotte con alivio.
―Cierto. Según lo que dijo Laryssa, debe estar cerca.
―¿Tu máscara no será un problema?
―El gobierno ruso lo tiene cubierto.
―¿Te parece si yo creo una D.E.? ―propuso Charlotte.
―Adelante, si hay una amenaza, yo la contengo y ustedes se teletransportan al departamento de Sophie.
―Entendido ―asintió Charlotte con un saludo marcial. Sacó una gema azul de su chamarra.
Los dos salieron a la calle, doblaron a la derecha e izquierda. Caminaron hasta pasar una tienda de conveniencia. La puerta del establecimiento se abrió. Armitage y Charlotte se dieron la vuelta y pasaron cerca. Vieron a una mujer que parecía estar desorientada quien entró a la tienda. Ella vio la fotografía y nuevamente a la persona, poco antes de que aquella mujer ingresara al establecimiento. Tomó a Armitage por la manga y después la llamó, pero no obtuvo respuesta. Esperaron a que saliera y vieron que llevaba una botella con agua; observaron el retrato otra vez y fueron hacia ella.
―¡Ey! ¿Eres Sophie Thompson? ―Sophie no respondió y los observó con una expresión desencajada, tenía la mandíbula tensa, sus dedos formaron un puño.
―El Doctor Bloch nos llamó para ayudarte, ¿estás bien? ―dijo Charlotte tratando de apaciguarla. Sophie entró a la estación del metro corriendo. Armitage y Charlotte la siguieron caminando para no llamar la atención.
―Mbesh’vekká (Laberinto, materializate) ―dijo Charlotte a la gema cuando ambos entraban a la estación.
***************************************
Dentro de la Estación Nagatinskaya, Moscú. Viernes 28 de febrero de 2046, 5:00 a.m. GMT+3
Sophie vio cómo las blancas columnas y las pinturas de la historia de Rusia de la estación Nagatinskaya se convertían en paredes con ladrillos carmesíes, con apariencia desgastada. La luz era tenue. Apoyó los brazos en la pared. Aunque su respiración era agitada, intentó guardar la calma.
Observó tres arcos; izquierda, derecha y frente a ella. Escuchó dos pares de cautelosas pisadas desde la derecha, iban hacia ella. Caminó por el pasillo del centro hacia la otra recámara y se escondió. Escuchó pasar a aquellas personas o lo que sea que fueran, se alejaron mientras trotaban.
Después, Sophie vio cómo una pata salía de una esquina, después otra que descubría una garra negra como la obsidiana. Corrió hacia donde ella estaba y dobló a la derecha. Resbaló, cayó y se levantó lentamente. Escuchó aquel estruendo que parecía provenir del sonido distorsionado de una máquina; miraba expectante hacia las tinieblas del pasillo, sus brazos se tensaron, de sus ojos brotaron lágrimas y sus labios sollozaron de miedo. Las pisadas se detuvieron. Respiró con firmeza y movió sus pies, preparándose para escapar. Aquella cosa caminó con parquedad hacia el otro lado del pasillo.
Sophie apenas pudo distinguir los ojos sanguinolentos de aquella bestia, que brillaban al otro lado del pasillo, su cuerpo oscureció el túnel tan pronto avanzó; así que corrió. El paso de la bestia se aceleró para cazarla. Ella huyó tan rápido como pudo. Volteó la cabeza mientras corría, al tiempo que aquel adefesio acortaba la distancia entre ellos. Entonces ella se topó con algo firme y retrocedió ligeramente, era el sujeto de la gabardina negra, acto seguido, la mujer de cabellera rizada la jaló hacia atrás del misterioso hombre.
―Charlotte, la barrera si me haces los honores.
―Haphgkkung, ïa, Nyarlathotep! (¡Protégenos, oh, Nyarlathotep!)
Después de hacer la invocación, la bestia chocó con la defensa que conjuró Charlotte, retrocedió y con sus patas terminadas en largas garras, golpeó la esfera con fuerza una y otra vez hasta que aparecieron las primeras grietas. Abrió las fauces y mostró las cuatro dagas que tenía por colmillos; quebró la primera barrera. Armitage sacó las pistolas.
―Charlotte, en el instante que eso retroceda, levanta la barrera. Yo disparo ―dijo Armitage con expresión serena.
―Tendrás una oportunidad, Armitage ―respondió Charlotte.
―No podría ser de otra forma. Hazlo ―concretó Armitage.
Charlotte respiró hondo. Vio que la segunda barrera estaba por romperse. Armitage escuchó que ella respiraba con un poco de dificultad. La monstruosidad desgarraba la defensa con una ferocidad implacable. Ella siguió los movimientos de la aberración y vio el retroceso que necesitaba.
―Pharkó’iem’ká (Abre la barrera) ―dijo Charlotte. La esfera se desvaneció en millones de pedazos, entonces recuperó el aliento.
―Kathzak’shé, ïa, Yog-Sothoth! (Detén el tiempo, ¡oh, Yog-Sothoth!) ―exclamó Armitage tan pronto como aquella bestia se abalanzaba sobre ellos.
La quijada temerosa de Sophie se inmovilizó. En sus ojos vidriosos se reflejó la bestia como una enorme estatua salvaje y cruda, que le devolvía la mirada con ojos sangrientos y fauces abiertas, exponía hileras de dientes aserrados.
Armitage sacó las pistolas, apuntó y vació los cartuchos de la munición de la Smith & Wesson M&P y de la Desert Eagle, disparó al abdomen, además de las patas delanteras de la bestia. Los fogonazos de los disparos se veían como flores de fuego y plomo en dirección al vientre y las extremidades; parecían congeladas al instante. Después quitó el seguro de la Smith & Wesson M&P, sacó el cartucho y metió uno nuevo con balas especiales, las cuales apenas entraron en la piel del animal.
―Rod’kú’phtán Shug’k’hó (Primero explota, segundo congela) ―invocó Armitage luego de acercarse la Smith & Wesson M&P a la máscara. Acto seguido, disparó dos balas más contra las entrañas de la aberración ―Kathzak’fshák (Libera el tiempo).
Las balas impactaron como una lluvia de plomo en el pecho y las extremidades, hicieron retroceder a la bestia, la otra bala explotó en el vientre y el último proyectil lo contuvo en una prisión de hielo. La monstruosidad cayó y contempló con furia a Armitage, Charlotte y Sophie, mostraba los dientes. Armitage mantuvo la guardia.
―Apenas. Vayan al departamento con Bloch –dijo Armitage.
―¡¿Pero qué ra…?! ―protestó Sophie.
―Bloch nos pidió que te buscáramos. Así que ven con nosotros ¿Vale? ―interrumpió Charlotte con una sonrisa. Sophie asintió, renuente. Escucharon que la trampa de hielo que contenía al monstruo se empezó a resquebrajar. La cabeza, después las patas delanteras se liberaron y un rugido escapó de sus fauces. Charlotte pronunció unas palabras y desaparecieron del laberinto.
La monstruosidad se liberó del hielo y miró hacia abajo, donde estaba Armitage. Ambos se contemplaron el uno al otro. La bestia gruñó. Él dijo “Han’mín’nungká” (Concédeme fuerza) y recargó la Smith & Wesson M&P; “Rod’kú Imka-minsh’ká” (Detona; espera mi señal) invocó acercando su boca al cañón del arma. Guardó la Colt. Después el adefesio se abalanzó hacia él y le mordió un brazo. Él vació las balas dentro de las fauces y acto seguido, con ambas manos; forcejeó contra la hercúlea quijada y angulosos dientes de aquella quimera que jalaba a Armitage de un lado al otro. Luego levantó al esperpento hasta el techo y logró liberar su brazo; sin embargo, los dientes lo rasgaron gravemente al punto de desprenderlo. Levantó y empujó al monstruo contra la pared hasta que escuchó el crujir de su pecho. Finalmente sintió que sus fuerzas menguaban poco a poco.
Arrojó al Perro de Tïndalos y se alejó deprisa, teletransportó su Smith & Wesson M&P a su mano. Sentía la mirada de la fiera y cuando estuvo a una distancia segura, chasqueó los dedos, la munición estalló dentro de la bestia, casi partiéndola en dos. Veía cómo, a pesar de tal daño, el cuerpo del monstruo se regeneraba poco a poco, mientras este le devolvía la mirada con ojos rubicundos colmados de odio, al tiempo que se erguía y rugía. Armitage se apoyó de espaldas en la pared, sentía cómo escapaba su sangre, observaba furioso a la aberración. Respiró por segunda vez, se concentró, y vio como avanzaba hacia él; el hueso de sus brazos crecía gradualmente, después los músculos, por último, la piel.
Armitage pronunció unas palabras y desapareció del laberinto. Los iracundos ojos contemplaban el vacío, mientras los rugidos hacían eco en todo el laberinto, la carne y huesos del adefesio se restituían.
***************************************
Cementerio de San Andrés Mixquic, Ciudad de México. 2 de noviembre de 2035; 11:55 p.m. GMT-5.
Una gélida brisa irrumpió la oscuridad de la noche en el cementerio de San Andrés Mixquic. Adornado con el brillo ocre de las múltiples veladoras que descansaban sobre las incontables lápidas con senderos de cempoalxóchitl, encargados de guiar a los difuntos. El brillo de las candelas simulaba islotes refulgentes en un mar de tinieblas bajo la tenue luz plateada de la luna. Una pequeña comitiva que constaba del Brujo Mayor de Catemaco, la Matriarca de Luisiana, Harold Williams y Sebastián Fernández Boudreaux, además de otros invitados, ingresó al ex-convento de San Andrés Apóstol de Mixquic. Realizaron los preparativos para la Iniciación, trazaron círculos con runas, elaborados pentagramas con magia Goética y al centro, el sello de Yog-Sothoth, desde la entrada hasta el muro, poco después de la cúpula dorada.
Una vez en el interior de la iglesia, el Brujo Mayor y la Matriarca de Luisiana vestidos con túnicas negras, caminaron entre las columnas de piedra, debajo de arcos torales y bóvedas áureas hasta llegar a la cúpula central, donde observaron columnas de piedra y un muro con intrincadas representaciones polícromas y doradas de los cuatro evangelistas; al llegar al lugar, ambos dieron media vuelta. Sebastián se hincó frente al altar y a su lado Harold Williams quien lo miró de reojo disimulaba una sonrisa.
―Entonces, Fernández, ¿listo para hacer el contrato con Yog-Sothoth? ―expresó Harold desafiante al tiempo que lo alentaba.
―Señor, sí, Señor ―aseveró Sebastián.
―Relájese, Soldado Fernández. Por otro lado, Jack Miller estaría orgulloso de ver esto ―sentenció Harold.
―Si tan solo… ―replicó Sebastián, sin embargo, lo interrumpió la Matriarca de Luisiana.
Harold le tocó el hombro para tranquilizarlo. Sebastián observó una copia del Necronomicón traducida por Henry Armitage, la sostuvo con fuerza. Recordó el regalo de su padre antes de hacer la Invocación, una Desert Eagle; rememoró que había puesto una bala real, en caso de que fuera necesario.
Después Sebastián juntó sus manos y rezó, mientras observaba la estatua del apóstol San Andrés, parpadeó y sintió una brisa gélida; por último, abrió los ojos y notó que faltaban los apóstoles. Se puso de pie, caminó por el pasillo hasta ver una luz blanquecina a través de la cúpula. De pronto, escuchó un eco ininteligible que provenía detrás de él, hacia el altar, entonces regresó al lugar donde estaba hincado hace un instante. Confirmó que tenía en sus manos el libro traducido por Henry Armitage, se cuestionó cuál sería un buen tributo para algo que lo sabe todo. Tocó su pistolera en la cintura, y palpó la Desert Eagle color negro sobrío; sacó el cargador y confirmó que poseía una bala real. Devolvió el arma a su funda.
Nuevamente escuchó esa reverberación, se detuvo y observó que faltaban las bancas de madera, además de las paredes de alabastro, argamasa y adornos dorados que se tornaron negros, con una superficie que se notaba áspera e irregular. Cuando se detuvo frente al santuario, se percató de los orbes de colores iridiscentes que flotaban y titilaban alrededor de él, tonos ocres, carmesíes, cerúleos, purpúreos y cetrinos giraban, se desvanecían, aparecían, se movían de forma aleatoria en dirección al techo y por último; descendían. Bajó la mirada, la densa niebla le obstruía la vista al suelo, mientras tanto, un hedor inenarrable inundaba el ambiente.
―Bienvenido, Mi Heraldo ―pronunció un eco solemne frente a Sebastián.
Él subió la mirada y observó algo que parecía una persona; portaba una túnica negra cuya coloración cambiaba, intercalaba tonos púrpura y tornasol. Carecía de rostro, no poseía rasgos faciales, salvo múltiples ojos que lo contemplaban de forma compasiva, adornado por una serie de estrellas, galaxias y el vacío cósmico que revelaba la inmensidad del universo ante la nimiedad humana, todo esto, en lo que debería ser una simple cara que no pertenecía a un mortal. Alrededor de este extraño ser, había incontables esferas, grandes y pequeñas de un siniestro resplandor que se agolpaban, alejaban y giraban con parsimonia. Sebastián cedió el grimorio a la entidad frente a él.
―¡Oh, Yog-Sothoth!, el Todo-en-Uno, La Llave y la Puerta, El Abridor del Camino, acepta la humilde ofrenda de éste, Tu humilde servidor. Ia! Ia! Yog-Sothoth! Yog-Sothoth! Ygnalih… ygmalih…thflthkh’ngha… Yog-Sothoth… Y’bthnk…h’ehye…n’grkdl´lh… ―invocó Sebastián.
Yog-Sothoth acercó sus manos al libro, sin embargo, advirtió que tenía la Desert Eagle oculta bajo la túnica. “El que abre el camino” regresó el grimorio a Sebastián, y diez esferas se aglomeraron donde estaba el arma. Pasmado, Sebastián sacó la pistola y la entregó al “dueño del tiempo”, la tomó y la inspeccionó. Sebastián no sabía qué le había interesado del regalo de su padre. “La llave y la puerta” sostuvo el revólver cerca de Sebastián, él acercó su mano y éste se lo devolvió.
―Este obsequio tiene muchas memorias tuyas, Mi Heraldo. El espacio donde estamos se conforma de tus recuerdos, incluyendo las pesadillas que te asaltan por la noche; evocaciones de quienes lucharon a tu lado en las arenas de Afganistán y lugares donde una honrosa sepultura era inasequible ―La cara y los puños de Sebastián se tensaron con una furia que escondía una tristeza profunda.
La imagen del rostro de Jack Miller apareció ante sus ojos, revivió aquel momento en el que él partió para siempre. Observó seis ojos rubicundos al fondo del sombrío altar, un adefesio con un par de guadañas y otro par de brazos terminados en filosas garras. Sebastián apretó los puños y la quijada. Rememoró al Capitán Jack Miller que sonreía de forma desafiante con una banda en la cabeza, su faz tenía pintura de camuflaje desdibujado tanto por el agua como por la sangre que rodaba por su mejilla. Recordó que el Capitán se dio la vuelta para dirigirse a su destino final; entonces su corazón latió frenéticamente y sus pupilas se dilataron.
―¡Atención, Soldado Boudreaux! ―espetó Jack Miller.
Sebastián parpadeó, después volteó a la derecha y a la izquierda. Entre la penumbra apenas notó la silueta de un hombre con uniforme y boina militar. Volvió la mirada a donde estaba el adefesio y observó que había una aglomeración de esferas negras flotantes, por último, miró de nuevo al Capitán.
―¡Soldado Boudreaux reportándose, Señor! ―respondió con un saludo marcial. Sebastián escuchó el revoloteó de alas, vio hacia arriba y se percató de que eran cuervos que miraban hacia abajo.
―¡En descanso, Soldado! ―gritó Jack Miller.
Sebastián se relajó aunque siguió de pie en su lugar. Jack Miller caminó hacia él, su rostro estaba desfigurado por los zarpazos en él y en su torso, los ojos eran blanquecinos, el uniforme raído por debajo de sus brazos. Sebastián hizo una mueca de dolor, pena e ira.
―Memento mori, Sebastián. Me alegra verte vivo, Soldado Boudreaux ―dijo Jack Miller extendiendo los brazos. Sebastián correspondió al gesto y lo abrazó con fuerza. Se separaron. Jack notó la tensión en la cara de Sebastián ―Dime, “Cuervo”, si pudieras cambiar tu pasado, ¿qué sería? ―Cuestionó Jack Miller. Sebastián miró pensativo al Capitán.
―Los salvaría a usted y a todos ustedes, Señor ―respondió Sebastián. Jack Miller lo vio con molestia y socarronería.
―¡Dé vuelta a su izquierda, Soldado Boudreaux! ―gritó Jack Miller.
Sebastián obedeció y notó a varios soldados desfigurados por heridas, a unos les faltaban brazos o sus cuencas oculares estaban vacías. De los ojos de estos soldados se desprendía un resplandor purpúreo, mortecino. Jack Miller se rió.
―Te lo agradeceríamos, Soldado Boudreaux pero… eso no es posible ―Sonrió Jack Miller. El grupo de soldados soltó una carcajada―. Toda arrogancia es odiosa, Sebastián. Morimos por falta de suerte o por sacrificio… pero no me vengas con que quieres estar con nosotros los muertos ―se burló Jack Miller―. Boudreaux, ¡no digas que mi sacrificio fue en vano!… ¡¿quieres estar con nosotros?!, ¡jala el condenado gatillo!, ¡maldita sea!
Al escuchar la voz llena de furia de Jack Miller, las manos temblorosas buscaron la Desert Eagle. Sebastián la sacó de su pistolera, la contempló y las memorias de las muertes de sus colegas desfilaron por su mente. Se colocó el cañón en la boca; tensó su dedo en el gatillo y cerró los ojos. Sin embargo, visualizó la sonrisa desafiante de Jack Miller. Sebastián abrió los ojos, retiró el cañón de su boca, apuntó hacia arriba y apretó el gatillo. El eco del disparo retumbó dentro de la siniestra catedral, después vio a los muertos frente a él y a Jack Miller.
―No tengo suficientes balas para darles un funeral a todos, Señor ―bromeó Sebastián.
―Con una es suficiente ―Jack Miller sonrió aliviado.
Sebastián escuchó el chirrido de la puerta abierta de par en par. Acto seguido, el eco de las botas retumbó en una marcha militar. Jack Miller caminó hacia la entrada que parecía ser de obsidiana, impoluta, ahumada y resplandeciente con el signo de Yog-Sothotth. Sebastián marchó junto a él. Después se detuvieron cara a cara.
―Vive, Soldado Boudreaux ―sentenció Jack Miller.
Sebastián se despidió de él con un saludo marcial. El Capitán marchó hacia la puerta; ésta se cerró y solo se escucharon las alas de los cuervos en lo alto. Después sintió una mano sobre su hombro, miró a su derecha y observó una aglomeración de esferas con fulgor lóbrego y brillos multicolores debajo de una túnica negra.
―Oh, Mi Heraldo, apruebo tu ofrenda. Con este contrato, el tiempo fluirá a tu voluntad; accederás a conocimiento insondable y prohibido, al cual concederás su debido emolumento. Tus heridas sanarán, no importa el daño que te inflijan, tu cuerpo no se cansará ni tu juicio se romperá y se te concederá una fracción de mi fuerza al repetir tres veces mi nombre. El tributo que me concedes son tus recuerdos; los ocultaré. Te volverás un emisario digno de mis portentos, sin recuerdos de tu nombre ni de tu pasado. Se te conferirá tu verdadero nombre: “Heraldo de los Cuervos”; sin embargo, despertarás y lo olvidarás.
Aquel hombre tenía la sensación de estar vigorizado, aunque aturdido y con los párpados entreabiertos. Escuchó una voz apacible que le resultó familiar.
―Sebastián Fernández Boudreaux, ¿estás bien?, me tenías preocupado ―expresó Harold con una voz entrecortada y alerta, tenía un nudo en la garganta―. Sabes qué día es hoy, ¿cierto?
―No sé qué fecha es, Señor. Disculpe, no sé quién es esa persona… ¿Quién es Usted? ―contestó aquel hombre. Harold suspiró atónito ante tal respuesta.
Cubrió su cara, disimuló una lágrima que rodó por sus mejillas. Su pupilo olvidó a su maestro. Cerró los ojos, cuando los abrió, notó que Sebastián apretaba el volumen del “Necronomicón”. Harold sonrió con esperanza de que en algún momento lo recordara, entonces miró al hombre que estaba hincado frente a él, dentro del convento de San Andrés Apóstol de Mixquic, al mismo tiempo que la luz del sol entraba por los ventanales y la cúpula.
―Capitán Harold Williams, ¿te puedo llamar Armitage? ―propuso Harold, le ofreció la mano extendida.
―Es mejor que no tener nombre, Señor ―respondió Armitage con un fuerte apretón.
―Entonces, Armitage… ¿Le presentamos nuestros respetos al Capitán Jack Miller? ―propuso Harold Williams quien, extrañamente, notó que Armitage contempló la puerta y sonrió.
―La vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos ―respondió Armitage con un gesto solemne.
***************************************
Departamento de Sophie Thompson, Moscú. Viernes 28 de febrero de 2046, 5:00 a.m. GMT+3
Charlotte y Sophie aparecieron en el departamento. Sophie vio alrededor, primero a Charlotte y después a Bloch.
―¿Cómo te sientes, Sophie? ―cuestionó Bloch.
―Espantada de lo que acabo de ver… de lo que más puedo darle sentido. Me pregunto si estoy alucinando ―respondió. Abrazó con fuerza a Bloch.
―Sophie, estamos en tu departamento, ¿percibes algo que no sea real? ―examinó Charlotte.
―Aquella mujer, supongo ―indicó Sophie, señaló a Laryssa quien abrió el refrigerador y tomó una botella con agua.
―¿Una alucinación te daría algo para tomar? ―Laryssa le ofreció una botella con agua. Sophie suspiró aliviada y aceptó el gesto.
Armitage apareció en el departamento con la manga derecha de su gabardina hecha jirones, su brazo solo presentaba cicatrices y saliva del monstruo.
―¿Qué era esa cosa? ―cuestionó Sophie.
―Un Sabueso de Tíndalos ―respondió Armitage.
―No se veía como un… no importa ―dijo Sophie.
―Pero más importante, necesito curarme, ¿puedo pasar? ―propuso Armitage.
―Es lo menos que puedo hacer, aunque me sorprende que sigas vivo ―comentó Sophie con sorpresa.
―Me arrancó un brazo, no fue más que un rasguño ―bromeó Armitage.
Armitage y Charlotte entraron a la habitación, él se lavó el brazo que le mordió el Perro de Tíndalos; después se quitó la gabardina, máscara y camisa, ambos se percataron de que ya sólo presentaba cicatrices en los hombros y los brazos, así que se vistió, se puso la máscara, la camisa, las pistoleras, sus armas, la gabardina y, por último, salieron. Sophie los esperaba en la puerta, observándolos.
―¿Por qué me busca eso? ―cuestionó Sophie.
―No es por ser grosera, pero ¿qué lograste hacer con el Loto Negro? ―cuestionó Charlotte.
―No lo sé, pero sentía que mis sueños duraban décadas o hasta miles de años ―expuso Sophie.
―Contestando a tu pregunta, a los Perros de Tíndalos les atraen las personas que hacen regresiones temporales o… “viajes en el tiempo” ―agregó Charlotte.
―No me digan que esos sueños… ¿Qué sigue ahora? ―dijo Sophie, con un suspiro de resignación, observó a Charlotte y a Armitage.
―Mantenerte con vida ―indicó Armitage.
Bloch escuchó y observó que llegaron otras dos GAZ Tiger-2. Laryssa sacó su celular, llamó, dio una instrucción en ruso y colgó. Seis personas con trajes y lentes negros llegaron en unos minutos adonde ellos estaban. Ingresaron al departamento de Sophie, se llevaron su computadora personal y cualquier anotación que tuviera impresa; ella corrió para obstruir el paso de uno de los agentes que se llevaba el último servidor, su respiración se agitó y se quedó viéndolo. Laryssa observó a Sophie con dureza, esta última la contempló de forma desafiante, apretando la mandíbula y los puños. Laryssa iba a decir algo hasta que Charlotte dio unas palmadas en la espalda de Sophie para tranquilizarla, ella exhaló y dejó ir al agente, quien caminó por el pasillo, para asegurar los datos de la investigación de Sophie, quien estaba confundida y enojada.
―Al menos díganme cuál es su interés en mi investigación ―dijo Sophie a Laryssa, desafiante.
―Es información clasificada ―contestó Laryssa, lacónica.
―¿Ahora qué? ―inquirió Sophie después de un largo respiro.
―Necesito que tomes el fenobarbital ―dijo Armitage. Le dio la caja con tabletas.
―Entonces… ¿Crees que induciéndome un coma pueden ayudarme? ―dijo Sophie.
―En efecto. Laryssa, quiero evitar daños colaterales, por lo que debemos ir a las afueras de Moscú ―propuso Armitage.
―Los llevaré. Aunque quiero ver si puedo obtener una muestra de ese “Sabueso de Tíndalos”. Traje fusiles ShAK-12, lanzagranadas y lentes de visión nocturna ―expuso Laryssa.
―Excelente ―respondió Armitage.
―Quiero ir con ustedes ―propuso Bloch.
―No. Estarás a salvo si no te metes más, Alfred ―objetó Armitage.
―Si esa cosa es verdad, van a necesitar a alguien que mantenga encendida la camioneta para que nos vayamos rápido. Además, también tengo experiencia militar ―rebatió Bloch. Armitage volteó a verlo y meditó en silencio tocándose la barbilla. Sophie arqueó una ceja y sonrió.
―Es un buen acuerdo, Fred; nos ayudarás a escapar como alma que lleva el diablo ―dijo Armitage, dándole una palmada en el hombro.
Bajaron las escaleras al estacionamiento y subieron a la camioneta. Después Sophie vio la caja y tomó una pastilla con un sorbo de agua, para luego acomodarse en el asiento, mientras Armitage y Charlotte iban acomodados atrás; Laryssa manejaba y Bloch era el copiloto. Al poco tiempo, Sophie entró en coma, al tiempo que ellos avanzaban hacia la oscuridad del bosque en las afueras de Moscú.
***************************************
Bosque en las afueras de Moscú. Viernes 28 de febrero del 2046, 5:45 a.m.
Las llantas del robusto GAZ Tiger-2 hicieron surcos en la nieve mientras el frío viento recorría las ramas de los árboles y la carretera. Charlotte dejó sus lentes en la parte de atrás de la camioneta. Acto seguido, todos bajaron del vehículo y cambiaron de lugares, Bloch se cambió de asiento al del conductor, a la vez que Charlotte, Armitage y Laryssa se pusieron botas y el resto de la ropa para el frío, aunque él no encontró una camisa adicional. Luego, Charlotte fue hacia Armitage quien bajó la mirada, tocó la frente de Charlotte, al tiempo que ella subió el mentón y alzó la palma de su mano para tocar la frente de él. Ambos se dijeron el uno al otro, “Phim’iv’kan-gweel’ká’” (Sé mis ojos y oídos). Ellas tomaron lentes de visión nocturna además de los fusiles. Armitage caminó hacia Laryssa a la vez que ponía el seguro del arma.
―Armitage, cubriré a Laryssa ―propuso Charlotte. Él examinó la oferta por un segundo.
―Cuídala, además estarás a las órdenes de ella mientras tanto. Intervendré si las acorralan. Vuelvan sanas y salvas.
―¡Claro que sí, Armitage! ―respondió Charlotte levantando un pulgar.
―¡Ey!, no tenemos toda la noche.
―¡Señora, sí, Señora! ―exclamó Charlotte.
Armitage caminó hacia la puerta del copiloto, abrió, entró con el fusil y cerró la puerta. La mirada de Bloch mostraba nerviosismo, a la vez que se frotaba las manos por el frío y miraba a Armitage con un poco de aprehensión.
―¿Cómo te la has pasado, Fred? ―cuestionó Armitage, se quitó la máscara y la puso junto a Sophie.
―Además de que me retiré como enfermero del ejército, he sido profesor universitario tanto en Estados Unidos como en Europa. ¿En qué trabajas ahora?
―Sería mejor que no supieras, Fred, te espantarías más, ¿has visto a alguien del Escuadrón?
Bloch observó las quemaduras y cicatrices de la cara de Armitage y después miró por el espejo retrovisor al brazo del copiloto, donde deberían estar las mangas de la gabardina y la camisa. Armitage recitó algo que Bloch no pudo entender, acto seguido notó delante de la camioneta, cómo se juntaban puntos negros hasta que se percató de la presencia de una esfera de hierro, la cual se alcanzaba a ver tanto con la luz de la luna como por la iluminación amarilla de la camioneta, después observó que desfilaron dos esferas más. La última comenzó a moverse del centro hacia la derecha, mientras se elevaba y desaparecía de la vista de Alfred Bloch, quien se acomodó los lentes.
―Muy poco, Armitage. Solo me enteré que George se casó y que Erick sigue en el ejército. Hace tiempo que no los veo, Sebastián…
―Qué buenos tiempos aquellos, Fred. Lástima que la persona con ese nombre esté oficialmente muerta.
―Después de lo que he vivido en los últimos días, tener la compañía de un fantasma no es tan malo.
Posteriormente, Bloch notó que las facciones de Armitage se endurecieron mientras veía hacia arriba, al techo: “Bloch, avanza” dijo Armitage, lacónico. Escucharon ráfagas de disparos desde fuera. Bloch pisó el acelerador y se alejaron. Casi perdió el control después de un fuerte empuje hacia adelante. Escuchó cómo algo chocaba contra los troncos de los árboles. Avanzó hasta que su corazón se calmó. Luego desaceleró y detuvo el vehículo. Vio por los retrovisores y al asiento del conductor, Armitage todavía estaba con él. Ambos bajaron del GAZ-Tiger 2. Bloch no vio ni a Laryssa ni a Charlotte.
―Tenemos que regresar por ellas ―observó Bloch, preocupado.
―No. Si lo hacemos, ponemos en peligro a Sophie. Nuestro objetivo es ganar tiempo hasta que Tango no dañe a Sophie. Laryssa está en buenas manos, Fred ―dijo Armitage.
―¿Qué quieres deci…? ―Inquirió Bloch, cuyos ojos se abrieron al ver que las cicatrices de Armitage ardían, además de que supuraban ríos de color púrpura que nacían de los ojos, cuyas deltas pasaban por las mejillas de piel con matices cobrizos y ennegrecidos, mientras la nieve se teñía de manchas escarlata.
***************************************
Los dos pares de botas sonaban al contacto con la nieve. Laryssa, con la culata del fusil apoyado en su hombro, barría con la mirada de arriba, abajo, de derecha a izquierda, a través de la cruz de la mira que le facilitaba acertar las balas con fusil de asalto. Por otro lado, Charlotte veía a través de los lentes de visión nocturna la copa y las raíces de los árboles, de atrás hacia adelante y de arriba hacia abajo, repartía la vista en distintos ángulos, una y otra vez.
―¿Primera vez en Rusia?
―Sí, aunque espero regresar de vacaciones. Siempre he querido comer un blini o ir al Kremlin, al Palacio de Invierno y todo el Metro. ¿Algún lugar que me recomiendes?, de seguro tienes bastantes cosas que contar ―dijo Charlotte.
―Con el trabajo que escuché que tienen, disfruta tu corta estancia.
El suspiro de Charlotte dibujó una pequeña columna de vaho que ascendió y se dispersó por el bosque. Después, ella subió la mirada y observó una cabeza que sobresalía de las ramas de los árboles, del lado derecho, en el espacio entre ellas y la camioneta. Alcanzó a ver los brillantes y rubicundos ojos observándola, que después divisaron el vehículo. Acto seguido, salió el cuello, el cuerpo y las patas mientras Charlotte abría fuego. Rápidamente tocó suelo. La cabeza del adefesio alcanzaba la altura del techo de la camioneta y sus patas se tensaron para que finalmente sus dientes se hundieran en el techo.
Inmediatamente una esfera de hierro se dirigió por la derecha hacia la bestia; la esquivó con un salto hacia atrás. Sin embargo, una segunda se dividió en pequeñas esquirlas esféricas que impactaron desde arriba. La camioneta aceleró y el adefesio con ésta, hasta que le dio alcance y se topó con una barrera que cubría la parte trasera del vehículo para darle todavía más impulso que, por un momento, hacía que la camioneta se moviera de un lado a otro hasta que Bloch logró enderezar la trayectoria del GAZ- Tiger-2.
Laryssa se puso detrás de Charlotte, tan pronto la última le hizo una señal con las manos para después retirarse a un lado del camino con nieve, corrieron hacia el tronco de un árbol para evitar las esquirlas. Charlotte mantuvo la mirada en el camino con el fin de divisar al Perro de Tíndalos.
Por último, más esquirlas venían desde arriba, lograron penetrar parte de la piel del adefesio, el cual retrocedió una vez más al ver la segunda ola de fragmentos de hierro que iban en su dirección. Sin embargo, una esfera golpeó a la bestia y la arrojó hacia los árboles de la derecha, que crujieron cuando el enorme cuerpo del monstruo chocó contra los troncos de las arboledas. La camioneta las había dejado atrás.
Charlotte y Laryssa salieron de donde estaban para después girar y mantener la mirada hacia donde escucharon que cayó el perro de Tíndalos. Charlotte quitó el seguro, apoyó la culata contra su hombro. Ambas oyeron una serie de crujidos. Después silencio.
Laryssa vio de reojo al camino donde estaba la camioneta. Los pequeños cráteres que los cubría la nieve además de los árboles caídos y después miró hacia arriba. Luego sintió que la corriente de aire frío que iba hacia ella a su izquierda cambiaba de dirección al lado contrario. Vio a Charlotte en frente de ella, sintió menos frío y no observaba copos de nieve a su alrededor.
―¿Puedes mover el aire? ―dijo Laryssa.
―Bueno, puedo manipular todo lo que contenga agua, hielo o vapor… Oh, ¿te refieres a esto? ―inquirió al señalar el domo que las separaba de la ventisca ―, primero lo intenté con la lluvia…
Ambas escucharon el crujir de las ramas a la izquierda, después el sonido de varias patas. Charlotte se mantuvo erguida, aunque tensa de pies y manos. Después, escucharon los pasos rápidos más cerca. Laryssa observó por la mira holográfica del fusil, al lado de Charlotte. Se prepararon para disparar. De la oscuridad del bosque salió una jauría de lobos, pero Charlotte no vio al Perro de Tíndalos cerca de éstos.
Dos pares de pasos volvían a ellas contra Laryssa. Charlotte vio de reojo, entonces tomó a Laryssa por el hombro y la apartó. Acto seguido interpuso uno de sus brazos entre ella y las fauces del adefesio, mientras Laryssa disparaba a bocajarro contra el cuerpo del animal, corrió, se acercó a Charlotte y vació el cargador contra la bestia. Las balas del fusil apenas penetraban la piel del Perro de Tíndalos el cual soltó a Charlotte y se abalanzó sobre Laryssa.
Charlotte interceptó a la bestia, la tomó por el cuello antes que ésta pudiera acercarse a Laryssa, aunque la monstruosidad fuera un poco más alta que un gran danés. Charlotte vio a Laryssa y le indicó con la cabeza que se fuera, ella se alejó, mantuvo su distancia, cambió el tipo de balas del cargador, apuntó y disparó al costado del Perro de Tíndalos. Las municiones explotaron, apenas atravesaron su lomo; la explosión quemó y expuso la piel del adefesio, la cual se regeneró en poco tiempo.
Ella se liberó de las fauces del animal, para después teletransportarse al lado de Laryssa. Charlotte no perdió el brazo, aunque sí la manga de su blusa, además de que la saliva de la bestia abarcaba su extremidad. Invocó al frío para congelar la secreción del adefesio, romperla y quitársela de encima. Las damas cambiaron el cargador de sus fusiles, apuntando a la fiera, la cual las observaba fijamente, mostraba las enormes dagas que tenía por colmillos cerúleos al tiempo que gruñía y tensaba sus patas. Mientras tanto, Charlotte hacía un encantamiento que atrajo polvo de hierro hasta juntar tres esferas del tamaño de una pelota de golf; las hizo girar en el aire. Ambas se mantuvieron codo a codo.
El Perro de Tíndalos corrió hacia ellas, quienes le disparaban a la cara y torso. Además, de que Charlotte aporreaba al enorme adefesio con las esferas, dando en los costados y en el hocico. La monstruosidad se acercó a Laryssa y giró la cabeza hacia ella. Abrió las fauces mientras Charlotte tocó a Laryssa, respiró y se teleportaron a la derecha de la fiera, guardaron distancia. Volvieron a abrir fuego al costado de la enormidad, la cual corrió y desapareció en el ángulo de la raíz de un árbol. Las mujeres dispararon hasta que el perro de Tíndalos se desvaneció.
Laryssa suspiró, aunque todavía mantenía su mano en el fusil. Después notó que la mirada de Charlotte era rápida, izquierda, derecha, atrás, adelante. Acto seguido, ambas se pusieron de espalda una con la otra. Escucharon el crujir de un árbol a su derecha. Se dieron la media vuelta hacia donde estaba aquel ruido. Enseguida otro árbol traqueteó. El tronco cayó. Percibieron que más árboles se derrumbaban. Caminaron de espaldas al trayecto donde escaparon Armitage y Bloch, apuntaron al bosque. El ruido era más rápido. Se dieron media vuelta y corrieron, no sin antes ver a un coloso cuyos rubicundos ojos se fijaron en ellas.
***************************************
Armitage miró hacia atrás, escuchó los disparos y vio cómo Charlotte contenía al Perro de Tíndalos como si él estuviera con ellas. Percibía cómo la nieve cedía a los pies de Charlotte, poco a poco cada vez que la monstruosidad embestía la barrera. Por lo que veía con Charlotte, Laryssa estaba a salvo y la aberración las atacaba desde diferentes ángulos. Armitage sentía la respiración calmada de Charlotte. Él apretaba los puños, tensaba la mandíbula e hizo una mueca de enojo, después inhaló y exhaló con calma.
―¿Hay algo en lo que pueda ayudar, Armitage?
―Has hecho suficiente, Bloch. Ahora estoy pensando cómo ayudarlas sin que Tango se dé cuenta de que estoy cerca. Los perderíamos a Sophie y a ti si yo fuera descuidado ―dijo Armitage.
―Puedo conducir y alejarme, si llegara a pasar.
―No si te persigue un tanque principal de batalla con la movilidad de un Humvee. Aunque es muy valiente de tu parte, Alfred.
―Gracias ―dijo Bloch acomodándose los lentes.
En ese momento, Armitage palpó una bolsa de su gabardina. Sintió tres piedras. Sacó una roca de forma cúbica, después vio los cargadores, sacó toda la munición de dos cartuchos de las ShAK-12; las balas y los cartuchos flotaban en el aire. Hechizó la piedra para que el polvo del mineral se concentrara en la punta de las balas, después regresó la munición a los cargadores. Invocó “Kam’rodsh” (Munición explosiva) acercándose ambos cargadores a la boca.
―Ponte a salvo y mantén encendida la camioneta. Sua Sponte1, Bloch.
Armitage vio a Bloch con una amplia sonrisa mientras ponía un cargador en el arma, quitaba el seguro del fusil y desaparecía en una distorsión que lo redujo a un punto de luz, al mismo tiempo que Bloch solo veía el brillo albino donde estaba Armitage.
―Sua Sponte, Sebastián ―dijo Alfred Bloch mientras él regresaba a la camioneta.
***************************************
Armitage llegó detrás de la posición de Laryssa y Charlotte cuando el Perro de Tíndalos las atacó. Se tiró al suelo, vio a los árboles de la derecha, se teletransportó y cubrió al lado de los árboles. Usó un espejo para confirmar si el Perro de Tíndalos no lo había visto. La bestia seguía embistiendo la barrera de Charlotte.
Acto seguido, Armitage apareció cubierto en los árboles al lado izquierdo de donde estaba la monstruosidad. Sacó una piedra, se la aproximó a la boca y dijo “Rod’kú Imka-minsh’ká” (Detona; espera mi señal) y la puso cerca de la raíz de un árbol. Se cubrió y vio el camino. Notó que el Perro de Tíndalos dejó de atacarlas, entonces vio que primero olfateó y después sacó unos apéndices de su frente, los cuales se movían arriba y abajo. Inmediatamente Charlotte y Laryssa dispararon granadas a la cara de la bestia. Armitage apareció entre los árboles del lado derecho del adefesio. Acto seguido, dispararon hasta agotar sus cartuchos. Escucharon otro gruñido y se abalanzó sobre ellas.
Charlotte gritó ―¡Corre!―, y Laryssa se refugió en los árboles del lado derecho mientras Charlotte invocaba una barrera. Sin embargo, Charlotte apenas pudo mantener su lugar al tiempo que sus pies cedían ante la nieve. Mientras tanto, Armitage puso la última piedra en la raíz de otro árbol y recitó “Rod’kú Imka-minsh’ká”. Escuchó los disparos que hacía Laryssa contra un costado de la bestia y se teleportó a su posición. Después, Charlotte se deshizo de la barrera y apareció al lado de Armitage y Laryssa. El Perro de Tíndalos titubeó por un momento. Armitage tomó el fusil con un brazo y vació el cartucho, disparó del centro a la izquierda y derecha. La bestia corrió hacia los árboles de la derecha, escapó de las detonaciones que hacían las balas en el aire. Armitage chasqueó los dedos; Charlotte los transportó donde estaba la camioneta. El bosque retumbó, dejó dos grandes cráteres. Sin embargo, la coraza del Perro de Tíndalos humeaba, inquebrantable, mientras éste seguía en pie con los ojos rubicundos miraba hacia donde se retiró la camioneta. Gruñó, corrió y desapareció en la raíz de un árbol.
***************************************
Armitage, Laryssa y Charlotte aparecieron donde estaba la camioneta; los dos primeros al frente y Charlotte en la parte de atrás, apuntaba hacia el bosque, revisó de derecha a izquierda repetidamente, aunque con calma, después se subió a la parte de atrás de GAZ-Tiger 2 y se asió de la llanta de repuesto que estaba fuera de la cajuela. Armitage, sostuvo el fusil con un brazo, abrió la puerta a Laryssa quien se sentó en el lugar del copiloto y se colocó el auricular, quitó el seguro del arma y puso el otro cargador.
―Bloch, nos vamos ―dijo Armitage, mantuvo la compostura.
―Entendido, ¿Terminaron con esa cosa? ―dijo Bloch.
―Salvados por la campana. Tercer Round ―bromeó Armitage. Laryssa puso el seguro al fusil y cerró la puerta.
―Por cualquier cosa, nos comunicamos por los auriculares. Cambio ―dijo Laryssa.
―Auricular listo. Cambio ―expresó Charlotte.
Después, Armitage cerró la puerta, subió y se sostuvo de las agarraderas. El vehículo avanzó en la mitad de la noche, cuya oscuridad se asemejaba a la crueldad de las fauces de un lobo, con el gélido viento que aullaba mientras pasaba una y otra vez por los árboles además de la camioneta.
―¿Qué te queda, Charlotte?, tengo un cargador del ShAK-12 y otro de la Smith & Wesson. Cambio ―dijo Armitage.
―Dos piedras, medio cargador del fusil y uno de la S&W. Cambio.
―Será interesante. Protégelos, Charlotte. Cambio y corto.
Charlotte y Armitage advirtieron el crujido de un árbol a la derecha frente a ellos, poco después de otro a la izquierda por la misma dirección. Armitage levantó el fusil cerca de su boca e invocó “Kam’thodú” (Munición kinética), después disparó contra las ramas.
―Avance, Sr. Bloch. Lo tenemos cubierto. Cambio y corto ―dijo Charlotte.
Bloch condujo hasta encontrarse con el Perro de Tíndalos, el cual corría hacia ellos. Armitage apareció sobre el lomo de la bestia y teleportó a ambos detrás de la camioneta, se bajó del Perro de Tíndalos y cayó sobre sus pies. La camioneta se retiró del lugar rápidamente, mientras el adefesio corría hacia el bosque a la derecha.
Armitage abrió fuego contra los árboles a la derecha y después a izquierda, mientras tanto acercó la Smith & Wesson a su boca e invocó “Kam’thodú–phtán Rod’kú’hó” (Primero munición kinética; Segundo, explota). Vació el cargador del fusil y derribó algunos árboles al mismo tiempo que a otros los envolvieron las llamas, las cuales se esparcieron por el bosque. El Perro de Tíndalos se abrió paso entre los ardientes árboles y Armitage hizo dos disparos. Después se teleportó cerca de la camioneta, a un lado de la carretera.
Bloch lo vio y detuvo el vehículo y Armitage se apresuró a subir. Bloch arrancó el carro. “Krahím’hon’shinjam-ká” (Dos Familiares, los llamo) invocó Charlotte. Dos canes con pelaje blanco, cuya altura abarcaba hasta el techo de la camioneta. Los perros de presa escoltaban detrás del vehículo en espera del Perro de Tíndalos. Se escuchó una serie de crujidos al lado derecho del vehículo, mientras el Perro de Tíndalos se acercaba hacia ellos.
Los canes lo interceptaron por ambos lados, al tiempo que el Perro de Tíndalos daba un zarpazo a uno de éstos, el otro mordió una de las extremidades, en el mismo instante, el otro saltó para morder la yugular. Sin embargo, el Perro de Tíndalos avanzó y mordió a uno de los perros en la cara, uno de estos dejó de morder al adefesio y forcejeaba con éste. Al mismo tiempo que el otro mordía el lomo; sin embargo, el Perro de Tíndalos luchó y se liberó de los dos.
Acto seguido, el Perro de Tíndalos vio a ambos canes fijamente. Los tres tensaron los músculos de sus patas. El Perro de Tíndalos observó a ambos perros de presa. Ambos corrieron hacia el adefesio, el cual se abalanzó sobre uno de los canes, bajó el cuello y mordió el del otro can; el cuello crujió y el cuerpo del perro de presa desapareció en medio de partículas. El que llegaba por la izquierda cambió de rumbo para intentar retirarse. Sin embargo, el Perro de Tíndalos lo alcanzó y le dio un zarpazo. Charlotte, silbó desde la camioneta, y el can restante desapareció en medio de esferas de luz blanca.
El vehículo ya se encontraba lejos del perro de Tíndalos, ante ellos sólo había un portón de hierro, cerca de una base militar. Armitage se estabilizó, apuntó y disparó tres municiones a la cerradura del portón, el cual se abrió con el golpe que le propinó la camioneta. Bloch bajó la velocidad y se detuvo cerca de un edificio que solo consistía de un piso. Después él, Laryssa, Charlotte y Armitage bajaron. Cubrieron las cuatro esquinas de la camioneta. Armitage se acercó a Bloch.
―Nos resguardaremos adentro ―propuso Laryssa.
―Concuerdo, somos blancos fáciles aquí –dijo Armitage.
Armitage se quitó la gabardina mientras Bloch abría la puerta del vehículo, Charlotte avanzó hacia la entrada del edificio y Laryssa montaba guardia. Acto seguido, Armitage envolvió a Sophie con la gabardina de él, al tiempo que Bloch la tomó con cuidado y la cargó hasta llegar a la entrada del edificio. Laryssa quitó el seguro del fusil al igual que Charlotte. Ambas se veían la una a la otra. Laryssa disparó a la cerradura. Charlotte derribó la puerta con una patada. Los recibió la oscuridad y el viento gélido.
Los tres encendieron los lentes de visión nocturna. Primero entró Armitage, silencioso, barrió con la mirada el pasillo y la puerta. Levantó la mano e hizo un puño. Laryssa y Charlotte esperaron la siguiente orden. Después Armitage hizo una señal para que todos entraran. La segunda en pasar fue Laryssa, seguida por Bloch y Sophie. Charlotte fue la última en ingresar. Armitage, Laryssa y Charlotte observaron los cuartos uno por uno, buscaban el lugar idóneo para resguardar a Sophie, a quien Bloch colocó con delicadeza sobre el suelo cuando llegaron a una habitación con unos pocos escritorios. Charlotte sacó las piedras de su chamarra y suspiró. Armitage retiró el cargador de la Smith & Wesson y lo volvió a cargar; doce disparos restantes. Armitage vio a los muebles, extendió las manos hacia los escritorios los cuales se proyectaron hasta impactarse contra la pared. Laryssa quitó el seguro al rifle mientras Bloch miraba, intrigado.
―¿A qué vino eso, Armitage? ―cuestionó Bloch.
―No quieres que eso te embosque debajo de un mueble ―dijo Armitage.
Un silencio sepulcral cayó sobre el cuarto donde estaban. Armitage encendió la lámpara del fusil e inspeccionó el pasillo, mientras Charlotte revisaba las esquinas de las oficinas. Sophie, Bloch y Laryssa estaban en medio del cuarto.
―Como que está tardando mucho, ¿no Armitage? ―dijo Charlotte.
Armitage apenas escuchó un rápido galope en la nieve; apuntó a la ventana. Charlotte vio hacia la pared que daba al exterior mientras ella y Laryssa apuntaban sus fusiles hacia el frente, Armitage apuntaba la Smith & Wesson al muro. El galope sonaba más cerca. Los dedos de los tres se tensaban en el gatillo. Los pasos se detuvieron al otro lado de la pared y unas zarpas atravesaron los ladrillos. Vieron los ojos rojos y abrieron fuego. Armitage invocó “Kathzak’shé” (Detén el tiempo), después disparó siete balas de la Smith & Wesson, para posteriormente decir “Kathzak’fshák” (Libera el tiempo). Las municiones de los fusiles se desviaban en la coraza mientras que los cinco disparos de Armitage hacían retroceder al Perro de Tíndalos, quebrando la armadura de la cabeza y el torso de la bestia. Gruñó y entró al edificio. Todos corrieron hacia el pasillo. “Mbesh’vekká” (Laberinto, materializate) invocó Charlotte con una gema en mano. Todos aparecieron en un pasillo blanco, amplio, con paredes de ladrillos negros. Sin señal del Perro de Tíndalos.
―Me quedan pocas municiones ―dijo Laryssa.
―Cinco disparos y vacío el cargador ―remarcó Armitage.
Varias gotas de la sangre de Armitage tocaron el suelo impoluto. Bloch lo notó y se sorprendió; Armitage no se veía cansado a pesar de la pérdida de sangre. Charlotte también observó las manchas en el suelo. Armitage les devolvió la mirada.
―Nos vemos en Domodedovo, Armitage ―propuso Charlotte.
―Copiado ―dijo Armitage sosteniendo la Smith & Wesson.
Caminaron hacia la mitad de un pasillo. Por un lado, Charlotte cubría la derecha, mientras que Laryssa y Armitage cubrieron la otra, miraba al fondo, Bloch cargaba a Sophie en el centro. Se escuchó un eco en los pasillos. Un gruñido repercutió por el laberinto. Armitage y Charlotte repasaban lentamente hacia la derecha. Brazos tensos. Ojos expectantes y abiertos. “Kam’thodú” invocó Charlotte al acercarse la Smith & Wesson a la boca. La bestia se asomó al pasillo, los vio y corrió hacia ellos. Armitage y Laryssa abrieron fuego con ráfagas cortas. Charlotte dio media vuelta mientras Armitage tocaba a Laryssa, Sophie y Bloch; quienes desaparecieron tan pronto el Perro de Tíndalos estaba cerca de ellos.
El Perro de Tíndalos corrió hacia Charlotte hasta llegar a la pared. Ella apareció a su derecha mientras la bestia doblaba hacia donde estaba. Primero disparó hacia la cara y después al torso. Once disparos restantes. Las balas atravesaron la coraza, pero la bestia corría contra ella mientras ésta se regeneraba. Charlotte reapareció detrás del Perro de Tíndalos y disparó a las robustas patas; éste caminó lentamente por un momento, en ese instante sus patas se reformaron. Dio la media vuelta, encarando a Charlotte. Cinco descargas restantes.
Charlotte sacó la última piedra que tenía en la cazadora, la tomó con la mano derecha; la acercó a sus labios. La bestia observó el mineral; gruñó. Esquivó al Perro de Tíndalos, el cual desapareció en el ángulo de la intersección de los pasillos. Ella vio las paredes. Se mantuvo en alerta con la piedra cerca de la boca en todo momento, alejada de la pared. Volteó a la derecha y escuchó unos pasos a su izquierda. Después la bestia la emboscó con una mordida en el brazo donde estaba la piedra, golpeándola contra la pared repetidas veces. “Han’mín’nungká” (Concédeme fuerza) invocó Charlotte mientras bajaba y después levantaba al Perro de Tíndalos con la mano izquierda. “Ajká’Rod’kú” (Granada, detona). La explosión los abarcó y los muros de ladrillos se derrumbaron.
Las rodillas de Charlotte cedieron y estás tocaron el suelo. Ella estaba de espaldas al adefesio; se dio la media vuelta. La armadura del torso del Perro de Tíndalos se quebró, aunque éste seguía moviéndose y recomponiéndose.
Charlotte reconstruyó su ropa, que estaba hecha de jirones. Suspiró y se teleportó al aeropuerto de Domodedovo. Armitage observó la impoluta vestimenta de Charlotte cuya Smith & Wesson quedó inservible por la explosión. Laryssa y Bloch llevaban a Sophie en una camilla con ruedas. Todos caminaron al avión donde vinieron Charlotte y Armitage, para subir a Sophie con cuidado.
Charlotte se detuvo; advirtió un crujido que provenía de los pasillos de su aeronave al mismo tiempo que unas zarpas atravesaban las paredes del avión. Armitage revisó su pistola; tres municiones. El Perro de Tíndalos salió del avión cortó de un zarpazo la puerta y saltó hasta llegar cerca de donde estaban Charlotte y Armitage.
Laryssa tomó por la gabardina a Bloch y lo alejó de la gresca mientras la bestia corría hacia Sophie. Charlotte invocó una barrera, simultáneamente Armitage conjuraba “Kam’thodú-phtán Rod’kú’hó” (Primero munición kinética; Segundo, explota) y disparó sus últimas balas al costado del Perro de Tíndalos. Penetraron la armadura del costado de la bestia y explotaron tan pronto se incrustaron en la piel. El adefesio dio de tumbos hacia su derecha, aunque consiguió mantener el equilibrio y restaurar sus heridas. Después Charlotte desapareció la defensa, juntó el metal de las balas, comprimiéndolas en una esfera y la proyectó contra el Perro de Tíndalos, que desvió la armadura.
Armitage interpuso las manos ante el Perro de Tíndalos, el cual se empezó a mover lentamente cada vez más cerca de Sophie. Sin embargo, la bestia corrió hacia Armitage, lo mordió y le arrancó un brazo, luego lo hizo a un lado, entonces el Perro de Tíndalos se aproximó a su presa.
Charlotte intentó nuevamente invocar una defensa entre el Perro de Tíndalos y Sophie. Sin embargo, se abalanzó sobre Charlotte y presionó su torso contra el suelo. Laryssa vació el cargador contra el can. Éste la ignoró. Después abrió las fauces sobre Sophie. “Han’mín’nungká” invocó Charlotte y tomó y subió la pata que la aprisionaba para después liberarse. Armitage apareció al lado de Charlotte, con el brazo regenerado, ambos tiraron al Perro de Tíndalos, el cual gruñó y olfateó en dirección de Sophie. Parecía desorientado. El adefesio dio la media vuelta, trotó y desapareció en la pared del hangar. Armitage se mantuvo de pie hasta que el brazo izquierdo estaba reconstruido aunque ensangrentado.
―¡Uf!, vaya noche, ¿Cierto? ―dijo Charlotte.
―Ahora de regreso a Dunwich ―dijo Armitage.
Vieron al Bombardier Global 9000 destrozado mientras Laryssa llamaba al gobierno ruso. En unas pocas horas, llevaron a Armitage y Charlotte a otro hangar donde los esperaba un IL-76T con destino a Dunwich, después de asegurar la camilla donde iba Sophie.
―Fue un placer conocerlo, Sr. Bloch ―dijo Charlotte.
―El placer es mío, Charlotte… Entonces, ¿Qué será de Sophie a partir de ahora? ―preguntó Bloch mirando a Armitage.
―No te preocupes, la cuidaremos bien. Cuídate, Alfred.
Charlotte y Armitage, con el brazo derecho cubierto en vendas, subieron al IL-76T mientras se despedían de Laryssa y Bloch. Una vez dentro, se colocaron en sus asientos y observaron tanto la camilla donde estaba Sophie como lo espaciosa que era la aeronave que les consiguió Laryssa. Sintieron un ligero empuje mientras se elevaban y regresaban a Dunwich.
Epílogo:
Laboratorio del Dr. Herbert West. Dunwich, MS. Sábado 29 de febrero del 2046, 7:30 p.m.
El Doctor West limpió e hizo un inventario del equipo que usó. Sacudió ligeramente la cabeza y tomó una taza de café. Después, West escuchó que alguien tocó. Caminó hacia la puerta y la abrió, era Charlotte a quien indicó que pasara además que observó que traía unos panes.
―Muy amable de tu parte, Charlotte. Asumo que quieres saber cómo fue todo.
―Así es ―dijo Charlotte acongojada.
―No importa. Fue todo un día para hacer la cirugía, pero la salvamos.
Charlotte suspiró al ver un contenedor cilíndrico cerca de la mesa de operaciones y apoyó los codos sobre el escritorio.
―¿Qué tal está Sophie?
―Durmiendo, por así decirlo. Le quitamos casi todo el Loto Negro de su organismo para que ya no haga más regresiones temporales y no atraiga más a los Perros de Tíndalos ―indicó el Doctor West. Charlotte lo miró y después observó la mesa de operaciones, pensativa.
―Doctor West, ¿Cree que podríamos haberlo hecho mejor? Digo, me gustaría haberla salvado en una pieza ―suspiró Charlotte, desanimada y sintiendo compasión hacia Sophie.
―Dentro de lo que cabe, lo hicieron bien. Es difícil encontrarse con un Perro de Tíndalos y vivir para contarlo. Por otro lado, ¿Quisieras que te dé una taza de café o té? ―respondió West. Después tomó un sorbo de café.
―Me gustaría el té, por favor.
El Doctor West caminó, rodeó a Charlotte y tomó un vaso de cartón además de una tetera que tenía cerca. Le puso agua, encendió un mechero y esperó a que hirviera. Después tomó una pequeña toalla para asir la tetera y servir el té. Acto seguido se lo ofreció a Charlotte, quien tomó el vaso y dio un sorbo. Por último, ella vio con compasión la médula espinal y el cerebro que flotaban en el contenedor de vidrio, cerca de una bolsa negra recostada sobre la mesa de operaciones.
1lema de los Rangers de EE.UU.
© Todos los derechos reservados, registrados en INDAUTOR.
Apaciguamiento/Appeasement (Flash Fiction)
Los lugareños de Ak’thán se congregan en la luna llena, una vez al años alrededor de lo que parece ser una tumba. Entre fogatas y estrellas, sale bruma de lo que pensé era una tumba; apaciguan a lo que ellos llaman un demonio. Ahora suena la puerta de piedra y vemos estupefactos cómo se abre…
Besos Escarlata/Crimson Kisses (Flash Fiction).
Él vio a una morena de cabello azabache y ojos marrones, al otro lado de la barra. Ella volteó a verlo. Él sonrió. Ella guiñó, coqueta. Después intercambiaron miradas juguetonas. Ella devolvió la sonrisa e invitó a que tomara asiento a su lado. Él caminó y se sentó con ella. Tomaron unas copas, rieron y…
Renacimiento (Parte 1)
Carretera Innsmouth-Dunwich, VA. Martes 25 de febrero de 2046, 7:30 p.m. A la mitad de la carretera que conectaba a Dunwich e Innsmouth, en un camino rodeado por el bosque donde la luz rubicunda y amarillenta del crepúsculo anunciaba la llegada de la noche, cuyas estrellas se convertían en millones de pequeños ojos…